Hola.

La noche, el insomnio, las horas largas, la lluvia, las nubes, la música. La felicidad. ¿Existe la felicidad? Sí, sí existe, y es maravillosa. Es igualmente aterradora, o aterrador más bien el futuro, porque tal vez nada es seguro, nada es la tierra prometida salvo que esa tierra prometida la quieras con todas las entrañas de tu ser y con ese corazón imbatible y dispuesto la busques y la pelees con uñas y dientes (la vida es muy anatómica, parece). La felicidad se construye de a poquito, y si te distraes, si te das vuelta apenas, tal vez se vaya corriendo a los brazos de otro, y te quedes cual amante despechado esperando que vuelva. ¿Vuelve sola? No, no vuelve sola. Traela, vamos, que se puede, que vale la pena, vas a ver. Llorar de felicidad vale la pena. 
Ya me busco la almohada, porque ya no sé si algo es coherente.
Unos celos que no le corresponden. Una caricia que sólo se la puede inventar. Un susurro que lo espera pero no llega. Un silencio es lo único que tiene. A veces con eso le alcanza (esa parte de la caricia, la que se inventa en sueños y también despierta), a veces quisiera un poquito más y a veces lo detesta. Y si lo gritara le duele, y si se calla se muere.

Reducción al absurdo

Se presenta ante mí con un abultado manojo de ideas en la mano, las sostiene en el puño apretado con fuerza. Las mira, mejor dicho se mira el puño como si pudiera mirarlas a través, e intenta convencerme de que las conoce una por una de memoria y en detalle. Las enumera, algo torpemente. Esboza una descripción, que abandona pronto disimulando el fracaso. Sacude con frenesí su puño frente a mis ojos, quizás piensa que yo también puedo así atravesar la piel y conocer sus ideas. Habla a borbotones, gesticula mucho, siempre parado y dando vueltas. Se esfuerza por hacerme entender algo que todavía él no comprende por completo, ideas que vuelan sueltas, pedazos de rompecabezas que él encastra a la fuerza y no según su forma. Termina, y yo no sé si llegué a percibir alguna idea, si entiendo lo que él no entiende, si estoy pensando mal (se puede pensar mal?) o si sencillamente no entendí un pomo de nada.

Reinvención.

... y decir, como quien no quiere la cosa, me voy al carajo; y esta vez cumplirlo, y abrirle la puerta a la inmensa noche, al camino sin final, o con un final que nosotros mismos nos obligamos a inventarle, y deambular, como si uno fuera música, o el viento, o un pajarito, pasear entre callejuelas y avenidas, por veredas y calles conocidas de antaño para redescubrirlas y reconocerlas esta vez en serio. Y en el camino redescubrirse, o más bien reencontrarse, o mejor dicho reinventarse: dejar de ser el esbozo de lo que uno quisiera ser, para empezar a querer lo que uno puede ser. Dejar el pasado en el estante que le corresponde, sin renegarlo pero sin venerarlo, lustrar los errores para que se vean bonitos, o menos feos, pulir los triunfos para que irradien, ensayar una sonrisa que ya no sea cortés, practicar el buen hábito de la carcajada y la sana reflexión de reirse de sí mismo. Y volar, irse al carajo (pero esta vez cumplirlo) y disfrutarlo y arroparlo con amor, para después volver, con un yo reinventado a gusto y capricho.

Otra vez.

Y por cinco minutos, me olvido que el mundo es mundo, que el tiempo son años, y me acuerdo, en cambio, que atrás de todo eso estoy yo, que con los tiempos lo fui olvidando. Y lo revivo, orgulloso y altivo, complacido de volver, feliz de ser.
Y algún día, tal vez mañana, tal vez en un año, tal vez ayer, se levantará bajo el sol, sonriendo y no en llanto, con toda una vida por delante, y no un pasado pisandole los talones, con un amor llenador y no un corazón dolorido. Con la esperanza a flor de piel, pero sin miedo. Sabiendo, convencido y seguro, que si alguna vez el amor lo fue todo, ahora todo es amor.

Última vez que lo digo

    Ya no te conozco, nunca te conocí (¡que mentira!). No existís y pretendo convencerme de que nunca exististe. Si te cruzo no sé quien sos, no se tu nombre, tu casa es una más entre muchas casas que no me importan, tu mamá es una más del montón y tus amigos quizás me suenen de verlos tres días seguidos en el bar.  Esa marca de cigarrillos importada le puede gustar a cualquiera, el amanecer veraniego no me dice nada, el olor a pasto cortado me parece asqueroso y más todavía el olor a nafta, yo me dejo el pelo suelto porque así me gusta, ya no voy a esa plaza porque encontré otra más linda, no me gustan los fideos al escabeche, no soporto que me despierten de la siesta por más cariñoso que sea, no me banco el mal humor porque sí y definitivamente no me gusta que me estén encima cuando solo quiero poder llorar en paz. Y se acabó.
El sol es el sol y las estrellas son las estrellas, y punto. Cuando las cosas se acaban se acaban, y si las querías terminar de golpe y porrazo problema tuyo, yo sigo adelante y si te he visto no me acuerdo.

Austeridad.

      Y con el cigarro a medio fumar y la vida a medio caminar, se pregunta otra vez donde estará. La imagina perdida en el goce de su alegría, con su sabiduría aniñada que desparrama sin quererlo y sin darse cuenta, despreocupada, correteando por el sol arropada y aplaudida por las nubes. Deidad hecha carne. Y desperdiciada, por un insensible ether que solo sabe fumar y estar, que ni siquiera se tomó la molestia de ser, nunca quiso aprender a volar. Y así la perdió, la vio huir en furiosa carrera y la perdió por no querer y no saber correr a la par, ni siquiera intentarlo. Tumbado en la alfombra, tanto tiempo después, solo ahora a fuerza de golpes y vino aprende que tal vez alguna vez fue capaz del amor, pero que entonces no pudo vencer el miedo de lo nuevo y oculto, y lo nuevo se convirtió en viejo aunque siguió siendo oculto, y a él no le quedó más que olvidarlo y seguir adelante como si nada le hubiera volado todos los parámetros para dejarlo desnudo e indefenso como si no supiera de qué va la vida. Y a fuerza de golpes y vino quizás entendió que todo cambio debe ser mejor, mientras uno aprenda a esconder las llagas y disimular los moretones. Y seguir al ritmo de la vida, sin esquivar la mirada.

Yo desconocido.

Y ser yo otra vez, para poder ser nosotros tal vez, para ahogarme en tu voz, extasiarme en tu risa, erizarme en tus susurros y bailar en tu música. Que el mundo no importe y el tiempo sea eterno. Un café con tostadas, un desayuno de verano, un jardín con primavera y tus ojos como el sol.
Pero en cambio es la nada. Vacía, envolvente, asfixiante. Y yo no logro ser yo otra vez. Y el nosotros no llega nunca, y como va a llegar sino me atrevo a traerlo. Y la nada seguirá siendo eso: nada.

Anexo II

      Todo se vino abajo una noche de julio, casi de madrugada con el rocío congelando el austero cantar de los pájaros. Ni siquiera el vaso de whisky pudo convencerlo de que todo era mentira: era innegable que estaba solo. Totalmente solo. Lo peor del asunto fue que encontró, al fondo del vaso nadando entre los hielos, el cómo de su situación (los porqués nunca le preocuparon). Y llegó a una única conclusión posible: que se jodan todos. Él estaba destinado a ser feliz. Eso lo sabia desde siempre, y nadie podría convencerlo de lo contrario. No sabia cómo, no sabía cuándo, pero sabía que tarde o temprano sería feliz. Y evidentemente sería feliz en soledad. Así es que por fin, esa noche y envalentonado por el whisky, mandó todo y a todos al diablo, y se decidió por fin a ser feliz de una buena vez, le cueste lo que le cueste, y dejando atrás lo que sea que tuviera que dejar atrás. Que se jodan todos, él iba a ser feliz. Y se miró al espejo y lo repitió: Que se jodan todos. YO merezco felicidad.