Ella y no él.


Él la miró fijo mientras ella prendía un cigarrillo. Escuchó el papel quemarse, quedó absorto en aquella boca perfectamente moldeada que escupía volutas de humo al aire en penumbras. La vio entrecerrar los ojos y disfrutó con ella unas pitadas, en silencio. Él sabía que ella no notaba sus ojos fijos en cada uno de sus movimientos, conocía aquel silencio y lo disfrutaba. Y lo disfrutaba porque en aquel silencio se hundían en un solo goce, un disfrute atemporal que no conocía barreras materiales, donde cada uno gozaba de sí mismo y al mismo tiempo del otro, sin decir nada, sin hacer nada, porque nada era necesario. Sólo ellos dos. Y eso, para él, era el mundo real.
Se inclinó con ella en el sillón, sin tocarla, casi sin atreverse a tocarla, vio cómo sus rulos se escurrían por los hombros, como paseaban los dedos por la colilla del cigarrillo. Se volvió a enamorar de aquellos ojos sinceros que parecían escudriñar la nada con asombroso interés. Se perdió con entusiasmo infantil entre sus dedos delgados e inquietos. Sintió que ésa podría ser su eternidad, volar en el éter juntos hasta que el tiempo dejara de ser tiempo.
Ella terminó su cigarrillo y se incorporó, con movimientos lentos, con pereza. Apagó el cigarrillo y se miró las manos, indecisa. Escudriño el aire con los ojos, hasta que se topó con los de él. En esa mirada, él reconoció todo el amor que su mundo necesitaba. Con esa mirada, ella lo estaba preparando para decirle adiós.