Austeridad.

      Y con el cigarro a medio fumar y la vida a medio caminar, se pregunta otra vez donde estará. La imagina perdida en el goce de su alegría, con su sabiduría aniñada que desparrama sin quererlo y sin darse cuenta, despreocupada, correteando por el sol arropada y aplaudida por las nubes. Deidad hecha carne. Y desperdiciada, por un insensible ether que solo sabe fumar y estar, que ni siquiera se tomó la molestia de ser, nunca quiso aprender a volar. Y así la perdió, la vio huir en furiosa carrera y la perdió por no querer y no saber correr a la par, ni siquiera intentarlo. Tumbado en la alfombra, tanto tiempo después, solo ahora a fuerza de golpes y vino aprende que tal vez alguna vez fue capaz del amor, pero que entonces no pudo vencer el miedo de lo nuevo y oculto, y lo nuevo se convirtió en viejo aunque siguió siendo oculto, y a él no le quedó más que olvidarlo y seguir adelante como si nada le hubiera volado todos los parámetros para dejarlo desnudo e indefenso como si no supiera de qué va la vida. Y a fuerza de golpes y vino quizás entendió que todo cambio debe ser mejor, mientras uno aprenda a esconder las llagas y disimular los moretones. Y seguir al ritmo de la vida, sin esquivar la mirada.

Yo desconocido.

Y ser yo otra vez, para poder ser nosotros tal vez, para ahogarme en tu voz, extasiarme en tu risa, erizarme en tus susurros y bailar en tu música. Que el mundo no importe y el tiempo sea eterno. Un café con tostadas, un desayuno de verano, un jardín con primavera y tus ojos como el sol.
Pero en cambio es la nada. Vacía, envolvente, asfixiante. Y yo no logro ser yo otra vez. Y el nosotros no llega nunca, y como va a llegar sino me atrevo a traerlo. Y la nada seguirá siendo eso: nada.

Anexo II

      Todo se vino abajo una noche de julio, casi de madrugada con el rocío congelando el austero cantar de los pájaros. Ni siquiera el vaso de whisky pudo convencerlo de que todo era mentira: era innegable que estaba solo. Totalmente solo. Lo peor del asunto fue que encontró, al fondo del vaso nadando entre los hielos, el cómo de su situación (los porqués nunca le preocuparon). Y llegó a una única conclusión posible: que se jodan todos. Él estaba destinado a ser feliz. Eso lo sabia desde siempre, y nadie podría convencerlo de lo contrario. No sabia cómo, no sabía cuándo, pero sabía que tarde o temprano sería feliz. Y evidentemente sería feliz en soledad. Así es que por fin, esa noche y envalentonado por el whisky, mandó todo y a todos al diablo, y se decidió por fin a ser feliz de una buena vez, le cueste lo que le cueste, y dejando atrás lo que sea que tuviera que dejar atrás. Que se jodan todos, él iba a ser feliz. Y se miró al espejo y lo repitió: Que se jodan todos. YO merezco felicidad.

Arriba de las nubes

     Fue amor a primera vista. Bueno, en realidad no, pero desde el principio fue alguna especie de cariño. Después el cariño fue creciendo, mas tarde ese cariño se transformo en amor, y al final ese amor se convirtió en polvo.
     Pero el principio. El principio fue un vino en un bar una noche cualquiera, pero inesperada.  Y otro una noche que los dos esperaron. Y al mes un almuerzo con cafecito incluido, y a los tres meses ya se conocían hasta el ultimo pelo y los entreveros de cada sonrisa según su forma, intensidad y duración. Con el tiempo empezaron a necesitarse, necesitaron la sonrisa y el reproche, los cafecitos confidentes, las vueltas desconocidas y los lugares comunes.
     Ni se dieron cuenta, pero un día a todo eso tuvieron que ponerle el rotulo de 'amor'. Y no un amor cualquiera, no era un amor infantil, no era un amor de verano (lo admitieron en pleno invierno) y no era un amor platónico. Era un amor profundo, intenso, inconfundible e incontrolable. Pero también imposible. O, por lo menos, poco probable. Poco fácil, o mas bien muy difícil. Tuvieron que admitir que, por mas que lo gritaran orgullosos, el mundo (el pequeño) era un poco sordo para escuchar sus alaridos de amor. Sin embargo, la cosa no terminó. No encontraron la manera (digamos que tampoco intentaron mucho) de decirse adiós. Descubrieron las bondades de lo oculto, del silencio hermético, amor en susurros. Y empezaron a sentirse cómodos ahí adentro, libres, auténticamente libres, al menos hasta que devolvían los pies al piso. Pero entonces se hizo un habito. Y el habito empezó a consumirse, y fue mas firme, mas necesario y mas urgente que la realidad; y el amor fue como el aire.
     Y al final ese amor se convirtió en polvo.  El silencio consume, los susurros se vuelven exhaustos, y el mundo, sin embargo, seguirá por siempre sordo. Con el corazón estrujado dijeron finalmente adiós. Ella termino con el alma partida al medio y la confianza en el amor se le fue al tacho, aunque con el tiempo se olvidó que tenía que desconfiar.. Él salio adelante sin mucho esfuerzo, guardó bajo llave el pedacito de corazón que se le había caído y cada tanto volvía a mirarlo, seguro del amor, pero seguro de ese amor, seguro que existió y seguiría existiendo siempre un amor que viera las nubes desde bien arriba. Con los años lo fue mirando cada vez menos. Hasta que por fin perdió la llave, y termino conformándose.


Anexo I

     En asados al sol y fueguitos eternos, él siempre supo dar cátedra de experiencia, de esfuerzo, de trabajo y sacrificios. Entre vino y vino, volcaba en la progenie (y en quien estuviera en pie para seguir escuchando) cuanta sabiduría fue construyendo a lo largo de los años. Mostraba prestancia, orgullo, hombría.
Alguien, una vez, una tarde de abril, cuando ya contaban veintatantos, treintitantos abriles de asados y fueguitos, interrumpió, con cierto miedo, el cuidado desarrollo de una de sus tantas ideas sobre éxitos y esfuerzos.
     "Esteeeee... - la timidez en su voz- No me queda claro. ¿A dónde vas con esto?".
Supo desde ese día, que ya la experiencia lo había envejecido suficiente.

Cigarrillos, años y café.

    Entró en el café y se quitó el gorro, lana azabache como su pelo. Esperando en la cola metió la mano en ese agujero negro que las mujeres disfrazan de cartera; poco menos tuvo que meter medio cuerpo para encontrar el monedero. En un lugar distinto, quiso elegir algo distinto, así es que abandonó el café negro de todas las mañanas y pidió un capuccino, grande. Esperando se fijó en el hombre que leía el diario en la mesa de atrás, que tomaba un té olvidado enfriándose a su izquierda. Se enamoró, por quinta vez ese día.
Café ya en mano buscó una mesa, que no encontró, pero el silloncito amplio al lado del ventanal le pareció suficiente. Con meticulosa parsimonia apoyó el café, empezó a deshojar los abrigos que llevaba puestos y de vuelta en el agujero negro encontró el libro de Chesterton que había dejado por la mitad cuando se bajó del subte. Se sumergió en la lectura, pero con ansiosos intervalos que revisaban el reloj: no podía llegar tarde. No tenía nada muy importante que hacer, o tal vez sí, pero no podía llegar tarde. Un mozalbete de bigotito hirsuto la miraba devorar renglones dos o tres mesas más allá.

    La ansiedad por fin le ganó a la lectura, ya no pudo más y tuvo que cerrar el libro para que su cerebro analice tranquilo. Cada movimiento, cada gesto, cada palabra tenía que ser medido, no le podía sobrar ninguna sonrisa ni miradas inoportunas. No podía fallar, bajo ningún aspecto podía arruinarlo otra vez. Se encontró un espejismo caminando por la vereda de enfrente y sintió el corazón dejar de latir. Reconstruyó por enésima vez los desayunos bajo el sol de primavera, en un balcón perdido entre los millones de balcones de la ciudad, los silencios del mediodía y los bullicios de atardecer; los insomnios, los llantos, la insufrible y eterna soledad en una mar de gente conocida y extraña. Tantos años después, todavía las imágenes eran nuevas. Pestañeó con furia para que no asome ni una lágrima. Intentó revisar los detalles que mandaron todo al tacho, el esplendor y caída de años que parecían de una vida que nunca fue suya. Construyó en sueños una felicidad casi utópica que todavía no sabía cuándo, ni mucho menos cómo, iba a poder conseguir, solo tal vez revolviendo entre sus entrañas la fuerza y el coraje que alguna vez tuvo.

    Espantada volvió al ansioso reloj. Apuró el café, se puso el sueter al revés y el saco como pudo, agarró el agujero negro y corrió hacia afuera. A Chesterton lo dejó sobre la mesa - se daría cuenta varios días después. Con el frio de julio se calzó el gorro de lana, prendió un cigarrillo y en dos minutos se fumó todo el miedo y toda la ansiedad. Y siguió caminando.

Tormenta de otoño.

    Salió de no sé donde, resurgiendo de un fondo turbio para espantar mis plácidas nochecitas de silencio, tronando y rugiendo, quebrando en mil pedazos aquel vestigio de paz que había encontrado en un rincón perdido al fondo del silencio. Atormentado por el pasado, temeroso y frágil como un chiquito ante el inminente mañana que no pareciera tener solución (racional), sintiéndose perseguido por un fantasma de mentira lo veo huir despavorido ante cualquier amenaza, real o inventada, que peligre este metamorfoseado equilibrio que fuimos emparchando una y otra vez a lo largo de los años, hasta conseguir esta especie de torre de Pisa emocional que solo espera un leve soplido para terminar de caerse.
    Y caerá, más tarde o más temprano sabemos que va a caer, aplastando en furioso estruendo todo cuanto hemos construido, o intentamos al menos, y nuestras agónicas primaveras no serán ya más que un suspiro melancólico, un recuerdo más para el fondo del baúl. Y ahí quedará, como un recuerdo, él, siempre frágil, siempre temeroso, siempre volátil, huidizo, entrañable, fantasma de sueños que me persigue en la vigilia.
    Y yo, mientras tanto, seguiré vagando en el concreto, tratando de recordar qué forma tenía aquel fantasma que no debía olvidar.

Esperanzando

Fui mil vidas en una sola, y mil más seguiré siendo. Tuve cien almas ocupando una sola, cincuenta conocidas y sin cuenta por conocer. Investigué, investigo, seguiré investigando cuanto camino, pasaje, veredita o avenida encuentre al paso.
Ahora, sencillamente, duermo. Dormiré esperando, por una vez solo esperando, que mañana sea mejor. Que mañana brille el sol, sí, pero un poco más fuerte. Un poco más para mí. Ahora, hoy, ya no brillo, ya no irradio nada... solo espero. Espero del verbo esperanza.

la VIDA según Adelita

Me vendieron un cuento lleno de sol y algodón, el final de un arco iris, idílicos campos sembrados... un chascarrillo de mal gusto que terminó siendo apenas un estornudo reconfortante.
Él quería cambiar el mundo. Ella era feliz sabiendo que el mundo no la cambiaría a ella. Él necesitaba tener cerca un piano. Ella necesitaba cerrar las cuentas del mes. Él se quedó prendido de su sonrisa; ella , desde el principio, se enamoró de las manos de él, que siempre supo como quererla, en la medida exacta -si es que hay medidas para el cariño-, en la forma justa, con la melodía más precisa que pudo haber compuesto el amor. En atardeceres de música pasaron sus días, extasiados en compases irrisorios que un piano desvencijado escupía para ella, y solo para ella, en la diminuta sala de un dúplex de barrio, siempre cerrada la puerta que los separaba y resguardaba de aquel mundo desquiciado y gris que nada tenía que ver con ellos, y nada querían ellos de él. Con el paso del tiempo fueron tapiando más y más aquella puerta, hasta que aquel mundo dejo de existir por completo y fueron ellos dos el único universo conocido. Él ya no tuvo necesidad de cambiar el mundo, y ella se dejó cambiar sin querer por el nuevo mundo construido con pentagramas y sonrisas hechas galletas de coco.
Poco volví a saber de ellos, hasta la semana pasada. Él ahora toca el piano en una confitería en Belgrano. Ella  se fue a Brasil hace ya un lustro de años, con su hija y sus nietos como excusa. Todavía apuestan al amor. Todos los veranos, él cuelga las teclas y cruza la frontera, para vivir un amor de verano y soñar con su sonrisa  un año más.