Sobre el miedo y algo más


Junté durante un tiempo varias cosas.
Un par de años que guardo en un cajón, para cuando los necesite, junto con algunos pensamientos bien variados que no me llevaron a ninguna parte, pero que por las dudas no los tiro. Tengo en el bolsillo varias sonrisas que no tienen mucho sentido, pero por algo son tan lindas; las guardé con un par de carcajadas que no vinieron solas, pero vuelven sin que las llame. Junto con las llaves, para no perderlas, llevo esas dos o tres ideas que me ayudan a entender -cada vez que me olvido- por qué me gusta tanto estar viva. En el monedero llevo mi costado más despistado, ahí tirado junto con algunos boletos viejos de colectivo y las monedas más chicas que no uso nunca. Enredado en el pelo, siempre a punto de perderlo, llevo un mini-me que me ubica de vez en cuando, que se me cuelga de las orejas y me tironea un poquito para que no meta más la pata.
En el fondo de la cartera, un poco olvidados pero siempre viajando conmigo, llevo atados un par de miedos, viejas decepciones y un par de frustraciones. A veces vuelven, como vinieron ayer, me asustan un poco, me hacen llorar un rato, pierdo la cabeza y el corazón se me estruja un poquito. Y por un rato, sé que solo existe el miedo.
Pero todo pasa, y también todo queda. Y mañana ya estoy bien (lo sé de antemano). Y pasado mañana, vuelvo a la carga. Y la semana que viene, me acuerdo que lindo que es el sol. Respiro amor. Y me digo, para que nadie me escuche, pero yo logre convencerme: que lindo es estar vivo. Y me susurro, para que yo no me escuche, pero no se me olvide: el dolor es pasajero, y el miedo es un invento.





Al final, el principio.



Y volver al principio, una vez más, para arrancar de cero, para sentirse nuevo, ser como el Fénix y nada pasó, nada se cayó, nada cambió. Y ser feliz, dos días, tres meses, una vida.


Te miro y te escucho y te siento y te pienso. Y no me alcanza, necesito más. Mirarte para qué, si me voy a volver invisible solo para que no me notes cerca. Escucharte para qué, si no decis nada que valga la pena; si me quedo muda cuando me respiras cerca; para que sentirte, si se de antemano que me va a doler; para que pensarte, me pregunto yo, si con pensar tanto no resuelvo nada, ahí sigue tu fantasma, de juerga con mi miedo.

Ideas Circulares

"¿Y si lo digo qué?" pensé. "Total, primero alguien tiene que escucharlo. Después, procesarlo. Mucho más tarde, evaluar cuánto le puede importar. Para ese punto, ya nada de lo que dije va a tener sentido. ¿Y si lo digo y punto?"

Ella y no él.


Él la miró fijo mientras ella prendía un cigarrillo. Escuchó el papel quemarse, quedó absorto en aquella boca perfectamente moldeada que escupía volutas de humo al aire en penumbras. La vio entrecerrar los ojos y disfrutó con ella unas pitadas, en silencio. Él sabía que ella no notaba sus ojos fijos en cada uno de sus movimientos, conocía aquel silencio y lo disfrutaba. Y lo disfrutaba porque en aquel silencio se hundían en un solo goce, un disfrute atemporal que no conocía barreras materiales, donde cada uno gozaba de sí mismo y al mismo tiempo del otro, sin decir nada, sin hacer nada, porque nada era necesario. Sólo ellos dos. Y eso, para él, era el mundo real.
Se inclinó con ella en el sillón, sin tocarla, casi sin atreverse a tocarla, vio cómo sus rulos se escurrían por los hombros, como paseaban los dedos por la colilla del cigarrillo. Se volvió a enamorar de aquellos ojos sinceros que parecían escudriñar la nada con asombroso interés. Se perdió con entusiasmo infantil entre sus dedos delgados e inquietos. Sintió que ésa podría ser su eternidad, volar en el éter juntos hasta que el tiempo dejara de ser tiempo.
Ella terminó su cigarrillo y se incorporó, con movimientos lentos, con pereza. Apagó el cigarrillo y se miró las manos, indecisa. Escudriño el aire con los ojos, hasta que se topó con los de él. En esa mirada, él reconoció todo el amor que su mundo necesitaba. Con esa mirada, ella lo estaba preparando para decirle adiós.